La noción primera de la sociedad del conocimiento descansa en el uso, difusión e innovaciones intensivas en el ámbito de las nuevas tecnologías de la información – expresado principalmente en la revolución del Internet - y en el auge espectacular del mercado de acciones de la industria de la comunicación lo que ha sustentado la reorganización de la sociedad en torno a una nueva revolución humana, social, económica y tecnológica al alero de la universalización de la información y el conocimiento.
El espíritu libertario que subyació de la aparición de la red de Internet, abrió nuevas perspectivas tanto para la ampliación del espacio público del conocimiento como para la inauguración de un sostenido proceso de socialización de las tecnologías de la información y la comunicación lo que permitió estructurar las bases fundacionales de la comunidad de hackers y la creación de un software libre y que se imbricaba en el nacimiento de las nuevas herramientas culturales que darían forma a la incipiente Sociedad de la Información. El origen histórico del conocimiento masivo, era por tanto, claro: actuar como un bien público que beneficie a la colectividad y promueva un desarrollo igualitario íntegro.
No obstante, la bases que forjaron la concepción original de la Internet se vieron seriamente desvirtuadas a partir de nuevas instituciones, mecanismos y estrategias que han demorado el fortalecimiento y progreso íntegro de un flujo de información expedito que contribuya a construir una sociedad justa, educada e igualitaria apoyada en el conocimiento libre, autónomo y descentralizado y que al mismo tiempo minimice la enorme brecha digital. La base de estas regulaciones a la compartición destrabada de información, empiezan a ponerse en práctica a partir de la necesidad de implementar aplicaciones y sistemas operativos más estandarizados y de distribución más masiva y que, en definitiva, comprendió la instalación de una serie de poderosas estructuras autoritarias y burocráticas que fundaron la emergencia del software privativo de Microsoft. Le siguieron la infundada propiedad exclusiva o “copyright”, el establecimiento de patentes que imponen restricciones a la difusión de la información, la creación de tecnologías a la usanza de regímenes totalitarios, como el TCG (Trusted Computing Group), creadas con el firme propósito de monitorear de forma centralizada la copia de contenidos además de formular un concepto de informática “fiable”, la criminalización de la exploración e intercambio de contenidos bajo el rótulo de “propiedad intelectual” a través de la aprobación de leyes penales como la Digital Millennium Copyright Act (DMCA) y la distribución de software digitalizados en incomprensible código binario.
Ante este panorama, poco a poco presenciamos un paulatino proceso de apropiación exclusiva del conocimiento basado en el posicionamiento de una serie de dispositivos estrictamente funcionales a monopólicos intereses comerciales, que derivan en estancar el progreso y avance sistemático de la humanidad en todas sus dimensiones, mermando la consolidación de una sociedad del conocimiento inspirada en la libertad de crear, comunicar, conocer y ejecutar a la luz de las potencialidades de Internet y de la red interconectada.
Una sociedad cuyo núcleo central sea la libre disposición de información es la columna vertebral de un mundo más desarrollado y funcional a los problemas que afectan al mundo.
He aquí, entonces, la contradicción fundamental de la sociedad del conocimiento: Propiedad o libertad. Sencillamente, yo prefiero la libertad. La libertad de acceder a un conocimiento libre, la libertad de tener un acceso universal a las múltiples esferas que me dispende el saber. La libertad de conocer, investigar y aportar a un mundo en permanente construcción ética, social y cultural. La libertad se constituye por tanto, en un derecho. La garantía de la libertad es el punto de partida para establecer el derecho a acceso, a la información, al conocimiento, a la comunicación y la educación para todos los seres humanos. Y si se quiere tener libertad, hay que renunciar a la existencia de propiedades que impidan el desarrollo y pleno funcionamiento de la sociedad. Y eso se logra en orden al acceso y la disposición del conocimiento.
El espíritu libertario que subyació de la aparición de la red de Internet, abrió nuevas perspectivas tanto para la ampliación del espacio público del conocimiento como para la inauguración de un sostenido proceso de socialización de las tecnologías de la información y la comunicación lo que permitió estructurar las bases fundacionales de la comunidad de hackers y la creación de un software libre y que se imbricaba en el nacimiento de las nuevas herramientas culturales que darían forma a la incipiente Sociedad de la Información. El origen histórico del conocimiento masivo, era por tanto, claro: actuar como un bien público que beneficie a la colectividad y promueva un desarrollo igualitario íntegro.
No obstante, la bases que forjaron la concepción original de la Internet se vieron seriamente desvirtuadas a partir de nuevas instituciones, mecanismos y estrategias que han demorado el fortalecimiento y progreso íntegro de un flujo de información expedito que contribuya a construir una sociedad justa, educada e igualitaria apoyada en el conocimiento libre, autónomo y descentralizado y que al mismo tiempo minimice la enorme brecha digital. La base de estas regulaciones a la compartición destrabada de información, empiezan a ponerse en práctica a partir de la necesidad de implementar aplicaciones y sistemas operativos más estandarizados y de distribución más masiva y que, en definitiva, comprendió la instalación de una serie de poderosas estructuras autoritarias y burocráticas que fundaron la emergencia del software privativo de Microsoft. Le siguieron la infundada propiedad exclusiva o “copyright”, el establecimiento de patentes que imponen restricciones a la difusión de la información, la creación de tecnologías a la usanza de regímenes totalitarios, como el TCG (Trusted Computing Group), creadas con el firme propósito de monitorear de forma centralizada la copia de contenidos además de formular un concepto de informática “fiable”, la criminalización de la exploración e intercambio de contenidos bajo el rótulo de “propiedad intelectual” a través de la aprobación de leyes penales como la Digital Millennium Copyright Act (DMCA) y la distribución de software digitalizados en incomprensible código binario.
Ante este panorama, poco a poco presenciamos un paulatino proceso de apropiación exclusiva del conocimiento basado en el posicionamiento de una serie de dispositivos estrictamente funcionales a monopólicos intereses comerciales, que derivan en estancar el progreso y avance sistemático de la humanidad en todas sus dimensiones, mermando la consolidación de una sociedad del conocimiento inspirada en la libertad de crear, comunicar, conocer y ejecutar a la luz de las potencialidades de Internet y de la red interconectada.
Una sociedad cuyo núcleo central sea la libre disposición de información es la columna vertebral de un mundo más desarrollado y funcional a los problemas que afectan al mundo.
He aquí, entonces, la contradicción fundamental de la sociedad del conocimiento: Propiedad o libertad. Sencillamente, yo prefiero la libertad. La libertad de acceder a un conocimiento libre, la libertad de tener un acceso universal a las múltiples esferas que me dispende el saber. La libertad de conocer, investigar y aportar a un mundo en permanente construcción ética, social y cultural. La libertad se constituye por tanto, en un derecho. La garantía de la libertad es el punto de partida para establecer el derecho a acceso, a la información, al conocimiento, a la comunicación y la educación para todos los seres humanos. Y si se quiere tener libertad, hay que renunciar a la existencia de propiedades que impidan el desarrollo y pleno funcionamiento de la sociedad. Y eso se logra en orden al acceso y la disposición del conocimiento.