lunes, 5 de abril de 2010

Pre-Ensayo Curriculum

La teorización contemporánea sobre el concepto de calidad curricular converge en torno a la necesidad de incrementar sus grados de pertinencia respecto a los cambios operados en el mundo globalizado, así como en las transformaciones socio-culturales que se originan en su seno. El currículum oficial debe abrirse al cambio y actualización sistemática en miras a la anticipación de las demandas y las tendencias que surgen del campo de la productividad, la tecnología y la sociedad del conocimiento y que a su vez configuran (o están configurando) un nuevo ethos cultural. La actualización curricular representa un esfuerzo del sistema escolar para ofrecer oportunidades formativas que realmente preparen para el futuro a través de la selección de aquellos aprendizajes que tengan un potencial de transferencia. En segundo término, Magendzo puntualiza en la relevancia que, en un currículum de calidad, adquiere la selección de conocimientos y destrezas que garantice una adecuada participación e integración social, de suerte que consagre el respeto a los derechos de la persona como es debido. Una tercera dimensión apunta a que la calidad de curricular debe mostrar aperturas para la aceptación de una pluralidad cultural, social, geográfica y étnica, sustento básico para la formación integral de una ciudadanía democrática. El currículum oficial, no obstante su denominación común-nacional, debe admitir espacios para la diversidad curricular en consideración a la heterogeneidad de la población que hoy accede al sistema educacional. Un quinto punto, y quizás el más importante, remite a la necesidad de mantener un balance adecuado entre los objetivos y contenidos conceptuales, éticos, sociales y actitudinales. El equilibrio curricular es la clave estratégica para conseguir un conocimiento comprehensivo que no se reduzca a la recolección de meros datos teóricos sin impacto en el proceso vital del estudiante.
La discusión sobre la equidad curricular es, asimismo, de igual importancia, sobretodo en el marco de la masificación de la población estudiantil a inicios de la década del 90’ en Chile. Para Magendzo, un currículum sería siempre equitativo si se produce en los límites de una sociedad democrática, en tanto ésta legitima productos sociales cuya formación es el resultado de un consenso social. De esto, sin embargo, no se sigue que a nivel de las instituciones educativas el currículum impartido sea totalmente equitativo, como efectivamente ocurre al, por ejemplo, ofrecer un currículum moderno y demandante para los sectores acomodados, y, por el contrario, uno obsoleto y poco significativo para las clases populares.
El debate sobre la igualdad de contextos y procesos educativos en Chile ha estado históricamente condicionado por los niveles de disparidad social-familiar que está en la base de la sociedad chilena. Un estudio reciente de la OCDE (2004) sostiene que el sistema educacional en chile está conscientemente estructurado por clases. Los sistemas de filtro, tanto económico como académico, que implementan las escuelas, derivan en una creciente concentración de niños en escuelas con otros estudiantes de antecedentes socio-económicos homogéneos. Un argumento adicional, cita Magendzo, diría que la educación chilena, ha estado permeada por el libre flujo del mercado, que, por principio, no es equitativo. En suma, la equidad curricular aspira a que aquéllas competencias que se otorgaban sólo a grupos reducidos o élites en el futuro sean ofrecidos a todos a través de un sistema escolar de alta calidad y que sea capaz de discriminar positivamente a favor de los grupos que requieren mayor esfuerzo para alcanzar las destrezas aludidas. Un tratamiento mayor a estas disquisiciones será abordado posteriormente.
El siguiente foco temático que me gustaría analizar a la luz de Magendzo es el de Evaluación y Currículum. La evaluación desde las políticas públicas nace como un dispositivo regulatorio y mecanismo de control para la supervisión en la asignación de los recursos invertidos en educación. En esta perspectiva, Magendzo hace ver que se acusa una marcada tendencia por circunscribir el saber curricular oficial a las materias que son objeto de evaluación nacional. De esta noción reduccionista, emanaría una situación espinosa, toda vez que no estaría revelando el tronco valórico del currículum. La calidad del mismo tendría únicamente su raíz en los resultados obtenidos en las pruebas, por lo que la dimensión (social) del fenómeno educativo se reconceptualizaría como un simple adiestramiento orientado a la adquisición de habilidades básicas y estandarizadas.

Magendzo cita a Willis para distinguir entre dos tipos de ideologías a objeto de entender qué significa evaluar currículum; la “utilitarista” que responde a criterios de eficiencia social, esto es, el currículum debe aspirar a la transmisión de actitudes y destrezas que confirmen una integración competente en el aparato productivo y en el mundo social, siendo, por tanto, evaluado en función de los resultados tangibles que produce los cuales deben ser alcanzados por todos, y, por otro lado, la concepción “trascendental” que se formula en términos de los valores intrínsecos del currículum; hacer de individuos personas más humanas, sujetos autónomos y re-creadores de la realidad en la que interactúan. Magendzo aboga por un equilibrio entre ambas esferas epistemológicas, toda vez que resultan complementarias entre sí de implementarse ciertas metodologías pedagógicas. Un último punto en relación a este capítulo dice relación con el dilema que germina en torno a si las pruebas comunes son la única forma de evaluar los resultados del currículum en oposición con los sistemas alternativos de orden más cualitativo que cuantitativo. El problema fundamental aparece cuando los mecanismos de diagnóstico curricular proporcionan información estandarizada a poblaciones escolares de antecedentes socio-económicos diversos, que muchas veces operan como bases de datos comparables determinando jerarquía en el sistema escolar. Magendzo concluye su planteamiento con la necesidad de diversificar los espacios evaluativos de suerte que no se trate de incorporar a todos los estudiantes en “rankings” estadísticos que muchas veces desembocan en estigmatización y discriminación interescolar.
Quisiéramos proseguir nuestra exposición dando paso a la problematización (personal) en relación a la pregunta que anima este ensayo. Para dicho efecto, resumiremos brevemente la reflexión de Maturana sobre el rol de la educación desde la biología del conocimiento. El autor refiere a que el objetivo último de la educación hoy en día en día es la de una formación funcional a los intereses del mercado ocupacional que deriva en una matriz de competencia y escasa sensibilidad para con los problemas que afectan a la sociedad en su conjunto. La valoración social de la competencia aparece como uno de los engranajes fundamentales del discurso educacional actual, en gran parte fruto de su mimetización con la racionalidad (y ética) de la teoría económica capitalista. En esta línea analítica, Maturana sostiene que las interacciones sociales afincadas en la competencia no operan bajo un fundamento biológico. La victoria es un fenómeno cultural (moderno) que emerge de la derrota del otro, y por tanto, de cuya negación expresa. El amor, es para Maturana, la antítesis de la competencia. En él, se reconoce al otro como legítimo “otro” en el marco de una convivencia que asume el ejercicio de la aceptación recíproca, recreándose modos de vida que siguen lógicas consensuales de coordinación social. El amor es, por tanto, un fenómeno constitutivo del quehacer educativo, su fundamento emocional. Una educación que acoja al otro en su integridad, que favorezca la coexistencia armónica con la naturaleza y que haga suya los problemas reales que aquejan a la sociedad, es una educación que sirve a Chile y a los chilenos.
Esta sucinta alusión al pensamiento pedagógico de Maturana funciona como un puente para mi respuesta a la pregunta formulada. A mi entender, un elemento imprescindible de análisis es la profunda brecha social que sitúa a la educación en un contexto de crisis sistémica. Sumado a ello, el modelo neoliberal ha redefinido el papel del Estado en la educación, reservándole un mero carácter subsidiario que, desde la transición democrática, no ha sido capaz de minimizar las desigualdades económicas que, siguiendo a Bordeau, se han ahora reproducido institucionalmente en el sistema escolar. Ilustrativas son las cifras entregadas por CENDA, a saber; “…La diferencia entre el gasto público por alumno de establecimientos subvencionados y los particulares es de una relación de 1:5. O sea, mientras el Estado invierte $1 del gasto público por estudiante de establecimientos públicos o semipúblicos, el gasto privado es $5…”. En esta misma perspectiva, la competencia es hoy un fenómeno incontestable, alentada incluso por los organismos gubernamentales. A la luz de estos antecedentes, me parece que la argumentación de Maturana se acerca más a un “romanticismo teórico” que al hacerse cargo, mediante propuestas concretas, de las “fallas estructurales” sobre las cuales el sistema educacional chileno descansa. Quizás esto último escapaba de su propósito original. No obstante, quiero hacer hincapié en la tesis de que, bajo el horizonte analítico de Maturana y considerando el sistema social actual en su completitud, ningún currículum serviría a Chile. El afirmar esto, no excluye mi completa adscripción a las categorías conceptuales y de reflexión que emplea. Mi crítica no apunta sino a la factibilidad empírica de las mismas como instrumento metodológico.
Quiero retomar mi explicación concentrándome en la urgencia que encarna la actualización curricular como factor nuclear para la efectividad y servicio de los procesos de instrucción. El currículum representa el vínculo que se establece entre la cultura (“lo macrosocial”) y la institución escolar (“lo microsocial”), he ahí su trascendencia específica. En palabras de Gimeno, “…el currículum puede analizarse del punto de vista sobre su función social, en tanto que es el enlace entre la sociedad y la escuela…”. Desde este foco interpretativo, un currículum actualizado (permanentemente) no es sino una forma concreta de servir a los jóvenes, de hacerles conocer (y reflexionar sobre) los contextos en los que viven, de modo tal que se identifiquen con ellos y los asuman como cotidianos. En definitiva, que el aprendizaje “institutucionalizado” se inscriba dentro del quehacer de la vida cotidiana. No basta con enseñar los caracteres conceptuales de la democracia griega, es preciso comparar ésta con el ejercicio actual de ella. “Poner al día” presenta una ventaja adicional, cual es, la posibilidad de ir mejorándolo de acuerdo a los nuevos paradigmas pedagógicos, por ejemplo, contenidos basados en la interdisplinariedad del conocimiento.
Creo que las instancias de actualización curricular que abre la reforma son claras y consistentes a la luz de Magendzo... (Gracias Natalia). Un saludo.

jueves, 11 de junio de 2009

Nuevas Aproximaciones Teóricas al Fenómeno Ético-Social Contemporáneo

*En lo que sigue, reproduciré un paper que he elaborado en relación a las nuevas categorías teórico-pragmáticas que se configuran y reactualizan en el contexto de las transformaciones socio-culturales que dan vida al proceso de mundialización. Cualquier cita, extracción o copia debe ser formalmente informada a su redactor. Que estén muy bien y espero reactivar este blog que tan olvidado lo he dejado.

ABSTRACT:

La emergencia de la sociedad de la información y de un mundo altamente democratizado y liberalizado han impactado fuertemente en el ámbito de la ética, readecuando sus principios y fundamentos básicos. Asistimos a un proceso vertiginoso de relativización y subjetivización de las pautas éticas y normativas cuyo patrón común es la dependencia absoluta en el sujeto y su libertad decisoria.
El presente trabajo tiene como objeto principal examinar y problematizar diversas perspectivas de análisis en el espectro de la ética social actual, teniendo como eje troncal la discusión y reflexión en torno a las nuevas categorías teórico-pragmáticas que se configuran y reactualizan en el contexto de la globalización y las transformaciones socio-culturales que se originan en su seno. La primera parte tendrá un carácter expositivo, analizando y contrastando los nuevos discursos que se articulan para la estructuración de una conciencia ética actual. La segunda parte busca ilustrar la opinión y crítica del autor en relación a lo discutido. El curso de la investigación nos llevará a concluir que no existe un paradigma ético único con el que definir el comportamiento moral actual en base a la complejidad y multifocalidad cultural y social que exhibe el mundo de hoy.



CONCEPTOS CLAVES: Sociologismo ético, Relativismo, Subjetivismo Moral, Emotivismo Ético, Politeísmo Axiológico, Ética del discurso, Ética de las responsabilidad.





Primera Parte: ¿Es posible plantear un sistema ético actual?:
Las diversas transformaciones socio-culturales que han introducido los nuevos paradigmas posmodernos ubicados genéricamente en un contexto globalizado y liberalizado han puesto en duda la posibilidad de contar con un código ético universal o, al menos, de una plataforma práctica de mínimos morales con los que orientar nuestra conducta. La discusión se ha planteado en términos del retroceso de las imágenes religiosas como forma sociológicamente legitimadora de la moral, el debilitamiento jerárquico de las tradiciones y los sistemas de regulación conductual –la familia, principalmente- y los múltiples relieves, expresiones y desafíos que representa la multiculturalidad y el dinamismo científico-tecnológico. La principal significación que estos cambios han comportado es, a nuestro entender, la fractura del paradigma antropológico-ético aristotélico en donde hombre y política constituían una unidad simbiótica, transitando hacia un acelerado proceso de individuación y debilitamiento de la naturaleza organizativa y cooperativa del hombre. Afirma Innerarity: “…El hombre no debe ser entendido en adelante como animal político sino como individuo soberano. La situación y condición humanas- lo que aquí hemos llamado su contexto social- no entran ya en la definición del hombre, sino a la manera de un añadido externo y circunstancial. El individuo es indiferente al lugar social…”
[1]
Las implicancias éticas de esta transformación socio-política son múltiples. En lo esencial, el hombre no reconoce en la sociedad o en la cultura un canon ético modélico, sino más bien, deja a su libertad la actitud moral que adopte. De ahí podemos concluir que el único valor ético universal actual que se reconoce es la libertad y su fuerza decisoria. El origen más próximo, a nuestro entender, de este cambio de enfoque se localiza en las múltiples perspectivas de elecciones que la globalización dispende, insertas en un marco de agitada pluralización y diversificación de las expresiones culturales, sociales y tecnológicas.

Como punto de partida, uno de los principales diagnósticos que se han vertido en torno al ámbito de la ética en la actualidad dice relación con la generalización de un relativismo moral cuyo supuesto fundamental es la sujeción de las pautas de racionalidad y del edificio valórico a construcciones culturales específicas y cambiantes
[2]. La conciencia moral se hace, por tanto, subjetiva en tanto se observa una creciente privatización y atomización del ámbito ético. [3] Ésta perdida de objetivación de la conciencia ética ha conducido a la reducción de toda verdad y moralidad a la individualidad psíquica del sujeto particular, a su condición única e intrascendente de sujeto cognoscente.
La forma de una sociedad relativista impide, incluso, una noción universal de la verdad y de la falsedad. Se constituye, más bien, como un determinismo puro de la intuición. Bajo esta perspectiva, sostengo que el relativismo es una consecuencia lógica del desarme social, esto es, al fragmentarse la sociedad, se acentúa el subjetivismo natural del sujeto.
El emotivismo ético aparece como un fenómeno estrechamente vinculado al relativismo. El filósofo escocés David Hume (1711-1776) es considerado el primero en sistematizar esta teoría ética, según la cual es imposible comprobar la veracidad o falsedad de los juicios morales en tanto éstos descansan en la aprobación o rechazo que me produce la experiencia específica. Luego, los juicios morales son mera expresión de un estado emotivo en particular. En palabras del propio Hume, “… mientras dirijas tu atención al objeto, el vicio no aparecerá por ninguna parte. No lo encontrarás hasta que dirijas tu reflexión hacia tu propio corazón y encuentres un sentimiento de reprobación, que brota en ti mismo, respecto a tal acción. He aquí un hecho, pero un hecho que es objeto del sentimiento, no de la razón…”.
[4] Con Hume se evidencia claramente una ruptura epistemológica en relación al sustrato cognitivo-racionalista defendido por sus coetáneos ilustrados, Descartes y Kant, que a mi parecer, se ha extendido y profundizado en el ámbito ético actual. La emergencia de los mass media, por ejemplo, constituye una expresión nítida de cómo una manifestación expresiva –el llanto, por ejemplo- resulta funcional para ilustrar lo que le parece “malo” o “bueno” a una persona que se apoya en la experiencia sensorial determinada por la circunstancia específica, no por un principio moral transcendente a lo empírico. [5]
El emotivismo niega, por tanto, la posibilidad de fundar objetivamente la moral. El británico Alasdair MacIntyre ha sido uno de los principales teóricos del fenómeno en nuestra época. El emotivismo contemporáneo aparece como una situación de profundo disenso moral que se expresa en una multitud de teorías éticas, aparentemente similares entre sí, pero que en realidad, constituyen un producto fragmentario y disperso del patrimonio ético- filosófico. Esta afirmación suscita un contexto cultural de caos, que lleva al escepticismo y a la “hipertrofia” del subjetivismo. MacIntyre definiría cultura emotivista como “… una forma de cultura en la que los que hacen afirmaciones morales creen que están apelando a algún tipo de norma moral independiente de sus propias preferencias y sentimientos, aun cuando, de hecho, no exista el tipo concreto de norma moral al que están apelando y, por consiguiente, se limiten a expresar sus propias experiencias de forma enmascarada…”
[6] La influencia concreta de este fundamento emotivista se encuentra, por ejemplo, en los interminables debates morales contemporáneos en torno a la conveniencia de la guerra, la igualdad de oportunidades o el aborto[7] . Charles Taylor (1931 - ), por otro lado, caracteriza la cultura emotivista como “… la cultura de la autorrealización del individuo que ha perdido los lazos con la comunidad, replegándose en una esfera de intimidad egoística y narcisista…”[8]
Adela Cortina
[9] ha explicado esta problemática desde una perspectiva histórica, argumentado que aquéllas sociedades en donde existió un vínculo estrecho entre la Iglesia y el Estado, así como en los regímenes comunistas se constituyó un monismo moral cuyo núcleo era la imposición de un código moral único basado en el seguimiento acrítico e irrestricto de las orientaciones ético-normativas emanadas del oficialismo político y de la institucionalidad eclesiástica. Ante el advenimiento de la libertad religiosa y la expansión de los procesos de democratización y liberalización, los ciudadanos se vieron enfrentados a una profunda crisis moral, acostumbrados a una actitud pasiva en las cuestiones éticas. Se produjo, siguiendo la línea argumentativa de Cortina, la instalación social del subjetivismo ético bajo el cual es imposible fundar “verdades éticas” alcanzadas en un ámbito racional, intersubjetivo y colectivamente mentado. [10]
El debate que propone Cortina es el de recobrar el sentido de una ética universalista al estilo kantiano pero adaptada a la heterogeneidad ideológica y moral posmoderna. En lo concreto, invita a la formación de una ética de mínimos de justicia y máximos de felicidad. Los primeros se nos presentan como exigencias a las que dar satisfacción merced de un acuerdo asociativo, dialógico y unánime. “… En el terreno de la justicia es en el que tiene pleno sentido exigir a alguien que se atenga a los mínimos que ella pide, y considerarle inmoral si no los alcanza. Por eso éste no es el ámbito de los consejos, sin de las normas, no es el campo de la prudencia, si no de una razón práctica que exige atenerse intersubjetivamente a estas normas…”
[11]
Los máximos de felicidad, en tanto, corresponden principios personales de elección fundados en convicciones no exigibles por la sociedad, la que sólo puede abocarse a la orientación y a la proposición. “… Decíamos que son ética de máximos las que aconsejan qué caminos seguir para alcanzar la felicidad, cómo organizar las distintas metas que una persona se pueda proponer, los distintos bienes que puede perseguir para lograr ser feliz. Aquí no tiene sentido exigir qué se debe hacer: aquí no tiene sentido culpar a alguien de que no experimente la felicidad como yo la experimento…”
[12]
La idea básica del subjetivismo, por otro lado, se ha invocado como sustento teórico para alimentar el debate bioético en boga actualmente. Peter Singer, por ejemplo, vinculó este tema con la decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos de legalizar el aborto tras cuya disposición el entonces recientemente electo presidente George Bush reaccionó molesto por lo que sugirió a la institución reconsiderar la naturaleza del fallo:
“…En la mente del presidente Bush, la cuestión de si debe ser legal el aborto va estrechamente ligada a la de si es moralmente incorrecto: se opone a la legalización del aborto, afirma, porque cree que el aborto es inmoral. ¿Cómo hemos de reaccionar a esto? Una posibilidad es que podemos coincidir con él, y decir que de hecho el aborto es inmoral. Otra posibilidad es que podemos estar en desacuerdo y decir que de hecho el aborto es moralmente aceptable. Pero existe una tercera posibilidad. Podríamos decir algo como esto: Por lo que respecta a la moralidad, no existen "hechos" y nadie tiene o no "razón". El presidente Bush no hace más que expresar sus propios sentimientos personales sobre el aborto. Dice que es malo, pero esto no es más que su forma de entenderlo. Otros discrepan de ella, y sus sentimientos no son más "correctos" que los de otra persona. Personas diferentes tienen sentimientos diferentes, y esto es todo…”
[13]
La relación que ilustra Singer remite al concepto fundamental que esconde el comportamiento ético en la actualidad: no existe un criterio mínimo, objetivo y universal en virtud de cuya aceptación se oriente la reflexión filosófica y ética en el mundo de hoy. Se asume que vivimos en una sociedad cuya pluralidad ideológica hace inviable la materialización de un acuerdo racional sobre cuestiones éticas fundamentales de la actualidad. En la cita de Singer se observa, simétricamente, la indefinición práctica que padece el terreno de lo correcto o lo justo, cuestión asociada íntimamente al fundamento emotivista de nuestra cultura hoy en día.
La más viva expresión de este examen se encuentra en la tesis del politeísmo axiológico .El sociólogo alemán Max Weber fue el primero en formular esta denominación para referirse al producto ético-sociológico de la desintegración de las imágenes mítico-religiosas del mundo y del progreso en la racionalización de las estructuras sociales fruto del célebre proceso de modernización. La transición que marca Weber es la de núcleos caracterizados por estructuras fraternales y comunitarias (Gemeinschaft) cohesionadas por la tradición y fuertes lazos de pertenencia, a una etapa de estructuras societarias (Gessellschaft) distintivamente seculares e individualistas donde los vínculos se han fragmentado, produciéndose un “desencantamiento” (Entzauberung) de enormes implicancias en la dimensión ética. El hombre posmoderno es en sí mismo el único capaz de definir su conciencia ética, sin recurso a instancias superiores de ningún tipo.
[14]
Volviendo a MacIntyre, el politeísmo axiológico es la más pura consecuencia del emotivismo contemporáneo: la matriz ética se diversifica, trueca y adopta significaciones e interpretaciones absolutamente personales en virtud del debilitamiento del vínculo asociativo.
Los filósofos Jürgen Habermas y Karl Otto Apel, en tanto, desarrollan el principio ético-discursivo a objeto de recuperar el sustrato cognitivo-racionalista perdido desde la conceptualización del imperativo categórico de Kant. En este contexto, la teoría comunicativa pretende recoger el universalismo y formalismo kantiano, pero dotándolo de un carácter dialógico en tanto se asume la ausencia de un consenso de normas y principios a seguir.
[15] La novedad teórica que introduce el paradigma comunicativo es que pone énfasis en el discurso argumentativo y las relaciones interpersonales como vehículo para satisfacer intereses universalizables. Este proceso comunicativo no implica instrumentalización del otro, sino entendimiento y discusión con el otro, bajo el criterio articulador del discurso práctico que arranca del principio de que todos los afectados intervienen como libres e iguales en una búsqueda cooperativa de la verdad en que la única coacción permitida es la de mejor argumento.[16]
Quiero rescatar, en este sentido, el espíritu que, si bien idealista, recorre la ética del discurso. La virtud principal de ella es, a nuestro entender, la reinstauración de la lógica aristotélica de la ciudad (polis) y el predominio teórico que le asigna a los grupos de sociedad civil en la formación del constructo moral. Trasladando la exposición a un plano socio-político, suscribo con la tesis habermasiana en el sentido de que el problema ético en la actualidad puede solucionarse a través de la recomposición de la relación interactiva y consensuada de los individuos cuyo agente principal sea, en base a nuestro pensamiento, el Estado. En el último tiempo, diversos pensadores y autores han invitado a fortalecer y reconstituir la sociedad civil como un eje troncal en la optimización y mejoramiento de la institucionalidad democrática
[17]
El reduccionismo ético a la sociedad, en tanto, ha sido abordado por el francés Emilio Durkheim bajo el concepto de sociologismo ético. Expresiones de la Iglesia Católica, entre otras, han atribuido parte de la crisis moral contingente, a este fenómeno.
[18]
La tesis estructural que sostiene esta teoría es la subordinación de la conciencia moral a la construcción social. La arquitectura valórica es producto de la sociedad entendida como organismo autosuficiente con características específicas que la definen como grupo. El hecho ético, es por tanto, un “hecho social”. Puede parecer que esta interpretación no es compatible con la institución de la libertad del sujeto como pilar fundamental de la ética social actual, tal como se analizó en los primeros párrafos. Pero a nuestro parecer, esta tesis no considera un punto de inflexión alternativo. Si bien el hombre no se rige por la libertad de edificar su conciencia ética en forma autónoma, sí lo hace por la decisión de la mayoría, lo que igualmente constituye una determinación libre e incondicionada.
En este sentido, se advierte un paralelismo equívoco con lo argumentado por Cortina. En ese caso se trataba de una uniformidad ética fruto de una imposición arbitraria y forzosa y en cuya génesis no participaba un sustrato de libertad del individuo.
Lo que sí podemos reconocer es que en esta formulación no interviene un componente racional concientemente operacionalizado. Más bien, podríamos afirmar que se trata de un comportamiento ético sustentado en una lógica rebañil y mimética. El individuo sigue a la “masa” porque cree que ella encarna valores “correctos”.
[19]
Mencionamos al principio que el polifacético desarrollo tecnocientífico así como las crisis económicas, ecológicas y políticas han reestructurado el corpus teórico-práctico de la ética contemporánea en los términos que hemos planteado hasta ahora. Sin perjuicio de lo anterior, nos interesa incorporar una última arista teórica que marca un quiebre en el paradigma antropocéntrico que predominaba en el debate ético-filosófico heredado de la tradición aristotélica y racionalista-ilustrada. El riesgo en el progreso técnico, la manipulación genética y el desastre medioambiental han ciertamente modificado la relación entre el hombre y el mundo. Esta constatación ha inspirado la necesidad de recuperar una conducta ética responsable frente a los peligros latentes que engendra la postmodernidad, siendo el filósofo alemán Hans Jonas (1903-1993) uno de sus principales teóricos.
[20]
Jonas parte de un hecho fundamental: el hombre es el único ser conocido que tiene responsabilidad. Dada esta premisa, propone insertar el binomio ética-naturaleza en la reflexión contemporánea, a través de la construcción de un concepto de moral proyectado hacia el futuro y que garantice sustentabilidad real en el tiempo. Para esto, sigue la forma del clásico imperativo categórico kantiano, redefiniéndolo bajo la expresión: “Actúa de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con una vida humana auténtica”. Para Jonas, por tanto la responsabilidad es un deber, un “hecho moral” que recorre todo el pensamiento occidental, pero que hoy se ha vuelto más acuciante y urgente dada las condiciones de la sociedad tecnológica. La idea fundamental que atraviesa su ética es, luego, la experiencia de la vulnerabilidad: las generaciones actuales tienen la obligación moral de hacer posible la continuidad de la vida y la supervivencia de las generaciones futuras. El enfoque jonasiano es, en cierto sentido, rupturista con la idea troncal del subjetivismo: el hombre debe actuar colectivamente para reprimir el desenfreno de la tecnociencia y a la vez proclive a la idea del emotivismo: su opción por el deber ecológico arranca del sentimiento de la superioridad intransable de la vida y su preservación.

Segunda Parte: Conclusiones, Proposiciones y Consideraciones Finales:
Como se ha someramente planteado, se han configurado una serie de respuestas para la interrogante en cuestión: ¿Cómo se fundamenta una ética social en el contexto de la postmodernidad y la globalización? Así, hemos podido concluir que no existe un paradigma único para explicar conceptualmente la ética postmoderna. Si bien hay consensos generales en torno a la universalización del relativismo y del subjetivismo en el comportamiento ético contemporáneo, no se reconoce una teoría ética unificadora que integre las múltiples perspectivas que germinan en el seno de una sociedad dinámica, multicultural y crecientemente racionalizada. En el horizonte práctico, efectivamente se observa que el hombre ha replegado su conciencia ética a su puro ámbito privado-individual, no dejando espacio a la creación intersubjetiva y racional de un pacto de mínimos morales en virtud del cual se oriente el debate ético-filosófico en la actualidad. La exaltación de la subjetividad, se constituye, luego, como la principal expresión moral de la época que se manifiesta en que la construcción valórica descansa en una elección o decisión cuya justificación es puramente individual y desafectada del “todo social”. Afirmamos al principio de la exposición que este fenómeno encuentra su antecedente más próxima al quiebre definitivo del paradigma aristotélico-tomista en cuanto a la conformación de una ética sintética, consensuada y comunitaria, catalizando la particularización de la conciencia moral y relativizando al máximo la esfera normativa.
Por otro lado, se puede afirmar que la formación ética ha adquirido en el último tiempo creciente importancia en los círculos académicos y universitarios lo que aparece como un elemento positivo en pos de la rehabilitación de la ética, esquilmada por la despersonalización y la atomización que gobiernan la praxis social del mundo moderno. No se hace posible, por tanto, armonizar los múltiples puntos de vista en una sola gran teoría ética. A título personal, uno de los grandes desafíos de la ética es alcanzar una plataforma elemental de juicios éticos cuya base de sustentación sea la incorporación de las nuevas herramientas analítico-comprensivas que brinda la ciencia y la técnica. Mi propuesta personal se funda en la racionalización y democratización del proceder ético. En concreto, una discusión sobre un tema de índole bioético, por ejemplo, debe ser liderada por quienes exhiban un mayor manejo teórico de ello, en virtud de lo cual puedan proporcionar un “piso mínimo” cuya aprobación dependiese de la sociedad civil, con los que, luego, aplicar nuestra “sana pluralidad” ideológica, cultural, etcétera. No apelo a un adoctrinamiento masivo sobre las cuestiones éticas, sino al necesario imperio de la razón ayudado con los múltiples avances bio-tecnológicos asociados al mundo postmoderno. En términos metodológicos, el Estado, junto con las universidades y centros de educación superior, seleccionarían un grupo idóneo de personas de diversas orientaciones político-partidarias y orígenes socio-culturales para que generen informes periódicos sobre un asunto ético en boga. Luego, el Estado sometería a la población a un plebiscito-naturalmente no periódico, sino sólo cuando se hayan alcanzado una serie de acuerdos relevantes- con el objeto de incorporar a la población civil e incentivar su crítica y reflexión. Si sobre los tres cuartos de la población se manifiesta a favor de la norma ética, ésta primaría en toda la discusión legislativa como pura expresión democrática.

[1] Dialéctica de la Modernidad, Daniel Innerarity, Editorial RIALP S.A Madrid, página 31. En específico, para el autor, este fenómeno constituye “la praxis política de la modernidad”.
[2] Este fenómeno encuentra su primer origen histórico en la célebre afirmación de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas: de la existencia de las que existen y de la no existencia de las que no existen”
[3] Nos parece interesante, en este sentido, advertir una dualidad clave, a saber: la ascendiente integración e interdependencia del mundo ha traído aparejado un proceso análogo de diversificación en los modos de vida y, en lo que nos respecta, una especificación transversal de las normativas éticas. Se habla, por ejemplo, con gran interés, de la ética del marketing, de los negocios o de la ética deportiva. Una conclusión de lo anteriormente expuesto es que pareceríamos asistir a un marco socio-cultural de personalización y des-sustancialización de los parámetros éticos y, paralelamente, a una revalorización de los mismos en los ámbitos académico-formativos y laborales. Se puede afirmar, sin dudar, que la ética “está de moda”.
[4] David Hume, “Investigations about moral principles”. Es importante en este sentido aclarar que Hume no niega que la razón intervenga en el juicio moral, sino que sea el elemento más importante en la elaboración de éste.
[5] En particular, quiero tomar el caso del mediático fallecimiento de Felipe Cruzat. En éste efectivamente se generó una transversal conexión emotiva con el espectador, lo que, sin embargo, no se tradujo en el aumento de los inscritos para la donación voluntaria de órganos.
[6] Entrevista hecha al autor el 2005 por Ricardo Yepes.
[7] En “Tras la Virtud”, Alasdair MacIntyre, Editorial Biblioteca de Bolsillo, página 19. En ellos, se esgrimen una serie de razones cuya elaboración racional es indudable pero que, a su vez, impide alcanzar un consenso moral dada la legitimidad que todas las posturas argumentadas exhiben en tanto producto de sus incuestionables preferencias y voluntades personales respecto de los temas en cuestión.
[8] Charles Taylor, “La ética de la autenticidad”, Editorial Paidós Ibérica, 1994.
[9] Doctora en Filosofía por la Universidad de Valladolid y Munich. Autora de, entre otras, obras tales como: Ética Mínima: Introducción a la Filosofía Práctica, Madrid: Tecnos, 1986, Ética sin Moral. Madrid: Tecnos, 1990 y Ética de la Razón Cordial. Educar en la Ciudadanía del siglo XXI. Ediciones Nobel, 2007.
[10] En “La ética y la sociedad civil”, Adela Cortina, Editorial Alauda, 1994.
[11] Ibídem. Pág. 57
[12] Ibídem.
[13] Peter Singer, Compendio de Ética, Alianza Editorial Madrid, 1995. Capítulo 38, página 581
[14] En Max Weber “El político y el científico”, capítulo “La Ciencia como Profesión”, Alianza Editorial Madrid (1975).
[15] En Conciencia Moral y Acción Comunicativa, Habermas expresa que “… la fundamentación de normas o mandatos requiere la realización de un discurso real que, en último término no es monológico, no tiene nada que ver con una argumentación que se formulara hipotéticamente en el fuero interno…” Editorial Península,
p. 88.
[16] Aclaraciones a la Ética del Discurso, Jürgen Habermas, Editorial Trotta, p.17.
[17] Entre ellos, el filósofo estadounidense Michael Walzer en “La idea de la sociedad civil”. Debats, n°39 (1992) y el australiano John Keane en “Democracia y sociedad civil”. Alianza, Madrid, 1992.
[18] En www.iglesiaendaimiel.com.
[19] En este contexto, uno de los principales responsables es la universalización de programas de farándula y entretenimiento donde abundan personajes que la sociedad considera modélicos y de gran dignidad ética. Desde esta perspectiva, juega un papel importante la desorientación que muchas personas tiene fruto de la relativización de todo. De aquí, la importancia que adquiere construir una base moral mínima y estructurante.

[20] Hans Jonas fue un judío, alemán y luego exiliado en Inglaterra, Canadá e Israel. Discípulo de Husserl y Heidegger en Freiburg y de Bultmann en Malburg. Aquí, nos referiremos a su obra más célebre: “El principio de la responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica”, Editorial Paidós Ibérica.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El "Capital Social" en el mundo contemporáneo

Actualmente no existe una conceptualización consensuada e universal respecto de la expresión capital social, a partir de lo cual se han configurado diversos enfoques teóricos para precisar y delimitar su impacto e implicancias en la estructura organizativa y social del mundo contemporáneo, especialmente dado que no constituye un parámetro cuantificable o medible matemáticamente.
Pese a la multiplicidad de visiones, sus interpretaciones convergen en una definición genérica, sustentada por Pierre Bordeau quien es el primero que inicia un estudio sistemático del concepto, a saber; todas aquellas relaciones sociales del sujeto y las redes sociales en la que está inserto (contactos, conocidos, amigos, etcétera), que mantengan permanencia en el tiempo y brinden a sus miembros un conjunto de recursos actuales y potenciales. Por extensión, el capital social se funda en el valor intrínseco de la comunidad. El propósito de este ensayo es analizar brevemente cómo se expresa este concepto sociológico en el tejido del mundo globalizado que nos gobierna en la actualidad.
Como primera aproximación analítica, podemos decir que el capital social reviste una importancia esencial sobretodo dada la emergencia de nuevas dinámicas de socialización, en donde se observa la fragilización del contacto presencial y la consiguiente expansión y fortalecimiento de las relaciones impersonales, ya sea chat, facebook o fotolog. Así, se hace extremadamente necesario adquirir y desarrollar herramientas de relación interpersonal que se traduzcan en un mayor y mejor manejo social y emocional individual para proyectarlo en el ámbito colectivo. En el mundo de hoy, el capital social se constituye entonces como un recurso ineludible e imperativo en las estructuras organizativas, en el trabajo en equipo, en los liderazgos locales, entre otros. En este contexto, han nacido nuevas “teorías psicosociales” como la inteligencia social o la inteligencia asertiva (véase “La inteligencia asertiva” de la psicóloga Javiera de la Plaza), que en definitiva apuntan al mismo objetivo: dar a conocer la importancia que tiene potenciar estas habilidades de asociación y adecuada interrelación con personas.
En esta línea, los principios y valores de casi todas las instituciones educativas y universitarias aspiran a la creación de un ser humano integral que incorpore tanto componentes cognitivos como de relación y cooperación interpersonal. Sin embargo, su impacto, cobertura y dedicación no se compara con aquél ofrecido al rendimiento académico ni a la preparación de pruebas como PSU o SIMCE, lo que pone de relieve la necesidad de recapturar la atención en el fortalecimiento y auspicio de estas habilidades, que son en gran parte fruto de la interacción y convivencia escolar y que otorgan competencias impagables en un posterior desarrollo profesional y humano.
Lo que se logra, en definitiva, es complementar sólidamente la formación no sólo académica, sino también valórica y social.
Por otra parte, construir capital social es, a todas luces, necesario en el mundo de hoy dado el aceleramiento del proceso de individuación, clásico de las sociedades contemporáneas en donde lo colectivo, o más abiertamente, el “espacio público” ha perdido su esencia y vitalidad, replegándose en la intimidad inexpugnable de la esfera privada. El reforzamiento de las “redes” de capital social se ubica entonces como un factor de transformación, como un elemento de cambio necesario para permitir la “acción social colectiva”.
A modo de síntesis, se puede confirmar la importancia del capital social en el mundo contemporáneo dado su valor en el ámbito de las relaciones interpersonales y en el mejoramiento múltiple de la sociedad en su conjunto, entendiéndola como “sujeto” dinámico y gestor de cambio.

martes, 16 de diciembre de 2008

Los pro y los contra del proyecto de fortalecimiento de Educación Pública

El proyecto de ley de fortalecimiento de la educación pública, en trámite legislativo en la cámara Baja, reactualiza el debate en torno a la urgente necesidad de reposicionar a la educación pública como un pilar insustituible en la construcción de un país más justo, igualitario y libre. Sin embargo, desde las revoluciones estudiantiles del 2006 y la del 2008, se ha puesto el acento en la modificación estructural del marco regulatorio que explicite y comprometa el rol del Estado para con la educación que imparte. Por lo tanto, no hablamos de un mero “maquillaje” a la arquitectura educativa, sino de una transformación sólida y contundente que rediseñe los parámetros constitucionales y normativos en virtud de los cuales se sustenta la educación chilena. En esta línea, se hacen perentorias reformas encaminadas hacia: la redefinición curricular cuyas bases sean la flexibilidad y la universalidad, apuntando hacia los nuevos paradigmas del siglo XXI, la creación de un programa universitario nacional de formación docente, la generación de instituciones que supervigilen la adecuada administración de los recursos públicos, así como fiscalicen el cumplimiento de los planes y programas establecidos,. En términos generales y a modo de resumen, este proyecto de ley apunta a diversificar y enriquecer la institucionalidad educativa; originando nuevas unidades organizativas tales como el Servicio nacional de educación y la agencia de calidad, una tímida desmunicipalización expresada en la creación de corporaciones de derecho público, y en la redacción de los “principios esenciales de la educación pública”, a saber; laicismo, libertad de conciencia, gratuidad, pluralismo, compromiso con la cultura cívica y los valores democráticos, entre otros. Asimismo, reconoce los problemas estructurales de la educación pública en hoy, subrayando la necesidad de dar mayores atribuciones a las nacientes corporaciones de derecho público, brindándoles autonomía y mayores facultades en cuanto al control del personal administrativo educacional, que con la ley vigente, descansa en las municipalidades.
En esta primera parte, se observan a mi juicio, avances considerables: el ensanchamiento y modernización del Ministerio de educación a través de las nuevas instituciones mencionadas es de capital importancia para optimizar los procesos de aprendizaje y cautelar autónomamente, a través de personal calificado, el cumplimiento de las funciones de los sostenedores y directivos. No obstante, cabe cuestionarse si estas organizaciones operarán efectivamente bajo los criterios y exigencias consagradas en el proyecto, y realicen concretamente las funciones para las cuales fueron creadas. Esta duda emerge a raíz de que estas instituciones serán supervigiladas - ¿o manipuladas? - por el ministerio de educación y la presidenta de la república. Lo mismo sucede con las corporaciones de derecho público.

Así y todo, el proyecto no se expresa en torno al Estado Docente, ni tampoco hace mención a la formación inicial docente, muchos de los cuales se instruyen en universidades privadas y en donde es imposible exigir un marco mínimo de competencias intelectuales, laborales y actitudinales. Asimismo, hallo que el papel del estado aún se mantiene difuso y con escasa nitidez. Por ejemplo, las corporaciones de derecho público, ¿funcionarán con la misma subvención del estado?, ¿con qué recursos y herramientas operará?, el ministerio, ¿efectivamente propenderá a la formación de individuos con cultura cívica y democrática? , ¿Qué hay respecto del frenesí de los colegios por sólo lograr buenos resultados en los SIMCE y en la PSU?
El proyecto en sí, muestra mejoras reales pero aún no percibo que se ataque a las fibras del sistema. Además dudo de la materialización efectiva de las disposiciones contenidas en el documento legal. En todo caso, optaría por igual aprobar el proyecto, pero aún me quedan dudas pendientes. Es un paso, pero le faltan bastantes en aras de erigir a la educación pública como un sustento real de las políticas públicas en Chile, como un puntal decisivo y único de desarrollo nacional.



sábado, 25 de octubre de 2008

Aceleración del Proceso de Globalización en América Latina: El Caso de UNASUR, Septiembre 2008. (1)

* Los ensayos que procederán se inscriben dentro de un "paper" que elaboré en relación al análisis de la reciente cumbre de UNASUR como proceso consustancial a la aceleración de la globalización política en América Latina. Con esto, espero revitalizar este espacio, cuya actualización había sido dejado de lado merced de otros compromisos académicos. Ojalá les guste y espero sus comentarios.

La reciente cumbre de UNASUR celebrada el 15 de septiembre y cuyo objetivo principal era analizar la crisis político institucional por la que está atravesando Bolivia, pone de relieve la necesidad de estructurar un proyecto regional que se sustente en la cooperación, integración y organización activa de los países sudamericanos, en cuyo núcleo central no haya cabida para intereses particulares u otros procedimientos de intervención que promuevan la división interamericana. Esto plantea el argumento de recomponer los límites institucionales en los que se practica la decisión política, extendiéndolos hacia otros países, para efectos de llevar a cabo un acuerdo común en orden de alcanzar la prosperidad del continente.

Este hecho nos remite a la dimensión poliforme del fenómeno de globalización, cuyos rasgos característicos no se circunscriben sólo al ámbito económico, sino que también despliega sus efectos en el terreno político. Desde esta perspectiva, la cumbre de UNASUR no es sino una manifestación clara del proceso de transnacionalización de los centros de decisión política y las relaciones de poder en el marco de un proceso vertiginoso de mundialización. En efecto, uno de los cambios más relevantes en la esfera política en las últimas décadas ha sido la creciente importancia que han cobrado los ámbitos de decisión y de interacción política internacionales. Una de las consecuencias de esta situación es que el lugar donde reside el poder político efectivo ya no sólo el gobierno nacional; ese poder se comparte, se trueca y es cuestionado por diversas fuerzas y organismos públicos y privados, que rebasan los límites nacionales, regionales e internacionales, deviniendo en una transformación del tradicional centralismo político del Estado y en el relativo desdibujamiento de la influencia decisoria de éste, dada la masiva incorporación de nuevos actores (multinacionales, élites financieras y mercantiles, ONGs, entre otros) que condicionan y compiten con el aparato estatal.
Lo anterior presupone la hipótesis del debilitamiento de las barreras geográficas y de las funciones históricas del Estado Nacional, concepto cuya resignificación se ha hecho patente en el contexto global actual caracterizado por la acelerada emergencia de redes de interdependencia a escala mundial y por la universalización de las medidas desregularizadoras y privatizadoras de corte neoliberal que caracterizan las políticas que impulsa el proceso de globalización.
No obstante, conviene apreciar la cumbre de UNASUR como una instancia fructífera en términos de participación regional y formalización de acuerdos tendientes a dar luces de unificación e integración local, minimizando la injerencia que pueda aplicar EE.UU. en la materia en cuestión. Claramente a este país le desagrada que en su “patio trasero”, especialmente tratándose de Bolivia y Venezuela, se organicen bajo el criterio fundacional de independencia política en los acuerdos suscritos.

En el trabajo próximo, revisaremos los componentes socio - políticos que encierra la reciente cumbre de UNASUR en el contexto del proceso de globalización actual, así como también analizaremos los alcances reales que esta reunión pueda significar para la construcción integral y el fortalecimiento de la identidad propia de la región.

sábado, 19 de julio de 2008

El debate de la PSU: Panorámica Internacional de Exámenes de Ingreso a Universidades Públicas. (1)

Diversas opiniones han alimentado el debate en torno a la conveniencia de aplicar la PSU como instrumento estandarizado de ingreso a las universidades públicas. Sus panegíricos afirman que de no existir un adecuado mecanismo de selección, los estudiantes colapsarían a las mejores universidades en cuyas más prestigiosas facultades. Pero, claro, asumen, que el diseño curricular que ésta sustenta va en desmedro de aquéllos que reciben peor educación en la enseñanza media. Sus más férreos detractores ensayan una lógica similar; la PSU es un instrumento que sólo mide conocimientos y no apunta, en cambio, a evaluar destrezas cognitivas más elevadas que sugieran una competencia intelectual acorde. Otros, sin embargo, abogan por la total supresión de la PSU pues, esgrimen, actúa como un elemento de absoluta discriminación y diferenciación social, en tanto aquéllos que reciben una buena educación, la cual generalmente se da sólo en colegios privados o municipalizados emblemáticos, tendrán buenos resultados, y los otros, derivarán en instituciones o centros profesionales, operando así, una mecánica cíclica de segmentación educativa. Esto, a decir verdad, se pone de manifiesto con las estadísticas que emanaron del Ministerio de Educación tras la aplicación de la PSU el año pasado, y que relaciona el ingreso familiar con el puntaje promedio, a saber;
i) -$250.000 43%, obtuvo bajo 450 puntos
ii) entre $250.000 y $800.000, 20% bajo 450 puntos
iii) + $800.000, 10% bajo los 450 puntos

Por otro lado, a nivel internacional, el debate sobre los sistemas de admisión se dan en un marco de un gran proceso de expansión de la matrícula, debido fundamentalmente al aumento de las demandas por educación superior. Ésta demanda actual está asociada al conjunto de transformaciones culturales, sociales y económicas que hace suyas el fenómeno de la globalización, a saber; el proceso de universalización de la educación media, el crecimiento y la diversificación de los requerimientos del sector productivo, las tasas más elevadas de ingresos, etcétera. En efecto, en Chile, año 2008, 4 de cada 10 alumnos son primera generación.
Ante este panorama, cabe, a mi juicio, explorar en las distintas experiencias internacionales en los modos de admisión. En términos generales, podemos identificar ciertos aspectos comunes de éstas y que se resumen en tres puntos estructurales;

a) El diploma de aprobación del colegio secundario, sigue siendo necesario para la admisión pero garantiza cada vez menos que el aspirante pueda ingresar a la institución y carrera de preferencia (OCDE, 1992)
b) El prestigio de las universidades va en directa correlación con los niveles de selectividad que éstas implementen, y, que, crecientemente, está siendo basada por una examen al término del ciclo medio, sumado a las calificaciones obtenidas en ése período.
c) En lo que respecta a América Latina, todos los países coinciden en la exigencia de un certificado de bachillerato (en Chile, el diploma de enseñanza media), en la utilización de pruebas estandarizadas y en el posicionamiento de las instituciones educativas como únicas responsables en la fijación del nivel de logro para el ingreso. (GAGO, 1999)

sábado, 7 de junio de 2008

La Contradicción Crucial de la Sociedad del Conocimiento: Trampas para la Libertad Informática

La noción primera de la sociedad del conocimiento descansa en el uso, difusión e innovaciones intensivas en el ámbito de las nuevas tecnologías de la información – expresado principalmente en la revolución del Internet - y en el auge espectacular del mercado de acciones de la industria de la comunicación lo que ha sustentado la reorganización de la sociedad en torno a una nueva revolución humana, social, económica y tecnológica al alero de la universalización de la información y el conocimiento.
El espíritu libertario que subyació de la aparición de la red de Internet, abrió nuevas perspectivas tanto para la ampliación del espacio público del conocimiento como para la inauguración de un sostenido proceso de socialización de las tecnologías de la información y la comunicación lo que permitió estructurar las bases fundacionales de la comunidad de hackers y la creación de un software libre y que se imbricaba en el nacimiento de las nuevas herramientas culturales que darían forma a la incipiente Sociedad de la Información. El origen histórico del conocimiento masivo, era por tanto, claro: actuar como un bien público que beneficie a la colectividad y promueva un desarrollo igualitario íntegro.

No obstante, la bases que forjaron la concepción original de la Internet se vieron seriamente desvirtuadas a partir de nuevas instituciones, mecanismos y estrategias que han demorado el fortalecimiento y progreso íntegro de un flujo de información expedito que contribuya a construir una sociedad justa, educada e igualitaria apoyada en el conocimiento libre, autónomo y descentralizado y que al mismo tiempo minimice la enorme brecha digital. La base de estas regulaciones a la compartición destrabada de información, empiezan a ponerse en práctica a partir de la necesidad de implementar aplicaciones y sistemas operativos más estandarizados y de distribución más masiva y que, en definitiva, comprendió la instalación de una serie de poderosas estructuras autoritarias y burocráticas que fundaron la emergencia del software privativo de Microsoft. Le siguieron la infundada propiedad exclusiva o “copyright”, el establecimiento de patentes que imponen restricciones a la difusión de la información, la creación de tecnologías a la usanza de regímenes totalitarios, como el TCG (Trusted Computing Group), creadas con el firme propósito de monitorear de forma centralizada la copia de contenidos además de formular un concepto de informática “fiable”, la criminalización de la exploración e intercambio de contenidos bajo el rótulo de “propiedad intelectual” a través de la aprobación de leyes penales como la Digital Millennium Copyright Act (DMCA) y la distribución de software digitalizados en incomprensible código binario.
Ante este panorama, poco a poco presenciamos un paulatino proceso de apropiación exclusiva del conocimiento basado en el posicionamiento de una serie de dispositivos estrictamente funcionales a monopólicos intereses comerciales, que derivan en estancar el progreso y avance sistemático de la humanidad en todas sus dimensiones, mermando la consolidación de una sociedad del conocimiento inspirada en la libertad de crear, comunicar, conocer y ejecutar a la luz de las potencialidades de Internet y de la red interconectada.
Una sociedad cuyo núcleo central sea la libre disposición de información es la columna vertebral de un mundo más desarrollado y funcional a los problemas que afectan al mundo.

He aquí, entonces, la contradicción fundamental de la sociedad del conocimiento: Propiedad o libertad. Sencillamente, yo prefiero la libertad. La libertad de acceder a un conocimiento libre, la libertad de tener un acceso universal a las múltiples esferas que me dispende el saber. La libertad de conocer, investigar y aportar a un mundo en permanente construcción ética, social y cultural. La libertad se constituye por tanto, en un derecho. La garantía de la libertad es el punto de partida para establecer el derecho a acceso, a la información, al conocimiento, a la comunicación y la educación para todos los seres humanos. Y si se quiere tener libertad, hay que renunciar a la existencia de propiedades que impidan el desarrollo y pleno funcionamiento de la sociedad. Y eso se logra en orden al acceso y la disposición del conocimiento.